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Poshumanos y superhéroes de barrio

Al hilo de una foto que cuelga en el facebook Fernando Broncano

recuerdo distintos aspectos que llevo tiempo escuchando sobre la poshumanidad. Tecnicismo que viene a revelar nuestra nueva condición en el mundo: desde el movimiento cyborg de Haraway pasando por los movimientos feministas más comprometidos e irónicos («chúpame el código»), la poshumanidad ha venido dada de la mano de cierto aprehensión por la tecnología, ya sea para aceptarla como un bien necesario (incluso emancipador) sea para prevenirnos acerca de cierto mal uso de la misma. Está ahora más o menos aceptado que, aunque dependamos de la tecnología, esto, ni es nuevo, ni se plantea como un horizonte apocalíptico. Ya sabemos que cyborgs ha habido siempre: desde que un humano tuvo que usar gafas para poder ver, la tecnología se convierte en prótesis del ser (por no mencionar otros ejemplos menos evidentes como la lecto-escritura). Ejemplos como estos podemos encontrar a patadas: en nuestros tiempos aún más. La tecnología no vive con nosotros, nosotros somos productos de simbiosis biológico-tecnológicas. Internet no fue la última frontera, sino el umbral hacia aquello más allá de la posmodernidad.
Poshumanidad tal vez sea un término un tanto ñoño, pero denota esa condición más-allá-del-gran-relato de la ilustración: con la razón no vamos a todas partes, también necesitamos de artefactos que transforman al mundo y a nosotros. Además, poshumano es el término que se usa para describir al superhéroe en el conocido cómic de Warren Ellis y Bryan Hirch The Authority.
Dicho esto y como soy poco dado al pensamiento profundo, pues mi cabeza está para poco más que las funciones biológicas, no he podido evitar el asociar la idea de que la biotecnología está dando lugar a un nuevo tipo de ser distinto (y, es posible que, mejorado) con la hipérbole de este pensamiento: el artefacto que nos convierte en superhéroes. ¡Gracias, Mad Doctor!
Desde los crecepelos milagrosos que nos situaban de nuevo dentro del mapa de la normalidad y, de paso, afianzaba nuestra potencia sexual (la hacía visible) los productos de teletienda siguen dando un paso adelante en la construcción cultural de los superhéroes de barrio. Para muestra que mejor que el Silver Sonic XL (anteriormente conocido como Whisper XL)

 

(Digresión: el sujeto que aparece en el vídeo es idéntico al terrorista del videojuego Counter-Strike; ambos usan el Sonic XL en sus tropelías. De hecho, compran la ropa en la misma tienda).

Las propuestas de la teletienda sorprenden no tanto por los milagros que prometen (¡algunos se cumplen y todo!) sino que nos muestra el horizonte cultural de la más cutre poshumanidad: los sentidos aumentados del Sonic Xl no están dirigidos a la compra por parte de una persona con problemas de audición, sino al resto del público. Se asume que el Sonic tiene la utilidad de aumentar nuestro umbral de percepción. Pero no para poseer el oído de un gato, pues eso pudiera ser útil (o desconcertante, como poco), sino para cosas tan poco respetables como ser un cotilla o ver la tele hasta las mil. ¡Tiembla, Superman! 
Si hay un reverso tenebroso en tratar de vendernos la moto de la modernidad mal entendida en productos de este tipo se catalizó en la verdadera pieza de auténtico desmadre que fue el Jess Estender. El insulto se reparte por igual entre hombres y mujeres, una auténtica delicia de la igualdad entre géneros en su representación más absurda.
Las prótesis, nunca mejor dicho, de la teletienda tratan de situarnos más allá de lo humano, pero solo nos dejan siendo bien reconocibles en nuestro barrio.
 
¡Feliz año 2012 a todxs!


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