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Miedos que no pueden cumplirse (II)




Este es extraño. Intuyo que no soy el único al que le sucede.
Estoy en una cueva. Llevo un casco de estos de minero. Puedo iluminar el pasillo: rezuma líquidos. Alguien que encabeza el paso que parece un líder me dice que es normal. Estamos bastantes metros por debajo de un embalse. No sé cómo puedo acabar en un sitio así: No me gusta la espeleología, no sé nadar bien y soy un cobarde. Sin embargo, ahí estoy. Sigo al líder. La cueva se estrecha ligeramente a cada paso que damos. Es casi imperceptible. Conforme avanzo, la batería alimenta la bombilla da signos de agotamiento. El líder dice que no me preocupe, pronto llegaremos a una especie de campo-base; allí hay baterías, agua y comida. No debería preocuparme, pero todo se conjura para que me angustie.
Es ahí cuando el casco roza con el techo. Debo bajar un poco la altura de la cabeza para continuar. No pasa nada, dice el líder. A cada paso el techo está más cerca del suelo. Llegado a un punto debemos ir gateando. El líder dice, no pasa nada. La cueva se estrecha bastante en estos metros, pero pronto llegaremos a una gran sala. Todo está bajo control.
Seguimos. Nos vemos obligados a arrastrarnos. Mi espalda se desliza por el techo. Somos como dos salamandras cubiertas de líquido. Compruebo además que conforme el techo ha ido cayendo las paredes se están estrechando.  No pasa nada, me dice el líder. Y seguimos. Quiero despertar, pero esto no es un sueño. Es la vida real. Te estás metiendo en un hoyo oscuro en el que vas a aquedar atorado y sabes que no puedes retroceder. Es la vida real.
Me arrastro impulsándome con los codos. La luz de la linterna de mi casco va y viene. Ya casi estamos, me dice. Aquello es una tumba. Recuerdas aquel día en que te hicieron una resonancia para comprobar si tenías cáncer e ibas a morirte en pocas semanas; recuerdas la voz de la enfermera diciendo: en caso de que te entre claustrofobia levanta una mano, lo veremos y te sacaremos. Levanto la mano, pero nadie me saca de allí. Pienso en dar la vuelta pero no puedo girar. Pienso en retroceder, pero no puedo arrástrame en dirección contraria. Sigue, me dice el líder, ¡Sigue!
Mi espalda está completamente pegada al techo. Mis codos sangran. El suelo parece una especie de jabón pastoso que huele a animal encerrado en el maletero de un coche en pleno verano. Entonces descubro que no puedo avanzar. Estoy atrapado. Mis hombros están encajonados. Grito muerto de miedo, pero el líder no está. Desapareció; no sé si logró cruzar el paso, no sé si alguna vez estuvo allí. Grito hasta que no puedo más. Estoy solo. Completamente solo.
El horror crece conforme descubro que moriré allí atrapado. Tendré horas para pensarlo y desesperar. Sé que la batería se extinguirá con el suficiente tiempo como para verme sumergido en la más terrible oscuridad. Y pienso que quiero despertarme. Quiero que el tiempo retroceda y enmendar mis errores. Pero esto es la vida real.
Aquí no hay marcha atrás y estoy bien jodido.

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