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Somatizar el mal (radical)



De vez en cuando todos pasamos una mala noche. Otras son terribles. Desde mi experiencia personal, meto en el primer grupo todas aquellas en las que un mal funcionamiento de mi aparato digestivo me lleva a un dolor de tripas más o menos intenso. Es en esas noches cuando somatizo el mal (radical). Paradójicamente, cuando la noche es terrible, ni siquiera me quedan fuerzas para que el mal (radical) se columpie por mis neuronas para enfatizar el dolor.

Estas en la cama. Te despiertas a una hora en las que te pregunta si existe un mundo más allá del cuarto donde estás metido. El estómago molesta mucho. ¿reflejo de gases? ¿gastroenteritis? ¿intoxicación? Te pongas como te pongas tienes nauseas que no se concretan en vómito, ni presión suficiente para producir deposiciones. En esas horas en las que se está formando hacia dónde va el asunto antes de que se pase y caigas rendido, ahí, yo somatizo el mal (radical).

Como soy un chico de pueblopólis el mal (radical) es una cosa terrible pero  cotidiana. Son canciones que odias profundamente que te machacan la psique. Enfatizan el dolor físico que sufres con una tortura psicológica total. No me cabe duda de que los cabrones encargados de sacar información a los presos de Guantánamo hayan tomado prestado estas ideas de mil males pequeños para añadir ese plus de dolor al dolor. A mi cuerpo no le vale que esté sufriente, no; quiere que no piense, que mi consciencia esté atenta a su necesidad. Maldita existencia.

Para colmo de todo esto, ni siquiera me vienen canciones que odio de manera aleatoria, sino que la selección de tonadillas parece ensayada, reiterativa, un rider técnico diseñado por Mefistófeles para un concierto en el Infierno. Siempre son las mismas. La balada española y, sobre todo, la canción pop ligera de carcas patrios de los ochenta ganan por goleada en este tour de force de la tontería supina.

Esta es mi playlist de los horrores. Welcome to Hell.





Entre el top de los tops está “Corazón partido”. Su ñoñería inenarrable se superpone con las imágenes más cursis y estúpidas de mi adolescencia tardía. Una canción que me sugiere al típico chico que saca la guitarra, dice que sabe tocarla (y sabe) y se marcaba el tema como si tuviese la complejidad de las filigranas de Santana. En fin, que si el miedo se hiciese carne sería unos ojos llorosos que de verdad aman al Gran Hermano, esto es, que creen que Alejandro Sanz es el epítome de lo que debería ser "lo romántico"



Aquí el miedo y el asco se encarnan en horror cósmico. Déjese de dioses obscenos y cultos innombrables: lo incomprensible es que estas dos partieran la pana en una época no muy lejana (o sí, que veinte años no son nada, menos cuando son los tuyos). Ella Baila Sola vienen a visitarme entre estertores y retortijones. Sueño, sudor y ellas: gracias 40 Principales por lo que habéis aportado a mi vida…



Esta roza la tortura con picana. Además de que Tena es el horror de Dunwich, esta canción es de un soterrado racismo, marcado machismo y explícito segregacionismo ("Pasión gitana y sangre española", ¿cómo?). Esta canción me visita menos, pero cuando lo hace pega bien duro. Son esos momentos en los que miro el abismo y se me hace imposible verme desde una posición irónica. Aquí el mal alcanza palabras mayores.

Pero entre tanto dolor psicológico, el que se lleva la palma es el amigo Papito, A.K.A Miguél Bosé. Porque de este no me viene solo una canción, sino que, como los plátanos de Canarias, son hermosos racimos dispuestos a golpearme en la cara. Sea represión freudiana sobre una posible filiación fálica hacia Bosé o que representa todo lo que me molesta del patrocinio cultural español al culto por lo mediocre, este se me presenta cada dos por tres como una indeseado éxtasis mariano (Rajoy). Y como sigue sacando discos, el repertorio en estas súbitas apariciones aumenta con los años. El mal (radical) nunca estuvo tan vivo.








Este canalla (que así se autodefine) buscaba la comparación (según parece inevitable ¿?) entre él y David Bowie. Siempre pensé que esto de verse reconocido en mitos es uno de los males de la cultura española de los últimos años. Al menos Andy y Lucas solo querían parecerse a ellos, tenían cierto respeto por sí mismos. Luego dicen que por qué me duelen las tripas.


Cuando el mal (radical) asoma sé que ha llegado la noche de los tiempos. Al día siguiente solo me queda una gran purga: comienzo con Ligeti y acabo emborrachándome de Rock del bueno. Pero el exorcismo es una burla, porque ellos siempre vuelven: me esperan agazapados entre intestinos delgado y grueso. Y, ay amigo, el día en que funcionen un poco mal, vendrán a recordarme cuánto odio guardo en las entrañas.

1 comentario:

  1. Jajaja, muy buena entrada. A mi me solía pasar eso incluso sin dolor de tripas. Ahora, además, he evolucionado y me pasa con las canciones de los dibujos de Clan televisión. Es toda una tortura.

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